LA BELLEZA DE LA DANZA

 

Al nacer, nos movemos en libertad como una danza gozosa.

Al aprender a manifestarnos verbalmente esa capacidad de expresión espontánea va desapareciendo paulatinamente, volviendo al cuerpo rígido, pasivo, tenso y desequilibrado.

Manipulamos y controlamos la realidad creyendo que con ello transformamos nuestras vidas, cuando lo que habría que hacer sería percibirla con mayor profundidad. Es necesario para ello un cuerpo chispeante con un organismo consciente, con los sentidos dispuestos a explorar el mundo que nos rodea.

En Grecia imaginaron a las nueve musas como un coro, un grupo idealizado de danzarinas. Terpsícore es considerada la musa de la danza, algo así como su maestra de baile.

Había al menos medio centenar de danzas sagradas. Las gimnopedias, bailadas con el cuerpo desnudo eran de una castidad rigurosa, casi deportiva, de ahí que contasen con gran aceptación en Esparta.

Revestidas de un carácter especialmente solemne existían las danzas funerarias, singularmente si el personaje a honrar era un héroe o persona ilustre. Al teatro griego primero y después al romano se incorpora el aspecto estético de la danza junto con sus facetas cómicas y grotescas.

Platón, en su república ideal, reserva un lugar para la danza. Confiaba en que la danza enseñaría a la ciudadanía la adopción de “actitudes nobles, armoniosas y plenas de gracia”. Opinaba: “la danza atiende principalmente al cuerpo, desarrollando su fortaleza, su agilidad, su belleza. Ejercita cada miembro para que se tense y se flexione componiendo dócilmente todas las figuras con movimientos fáciles y armoniosos”.

La danza se ejecutaba en solitario y en formación de un coro. No existe evidencia del baile en pareja. Tal vez, según algunos datos el baile en pareja parece haberse originado mucho más tarde. Quizá alrededor del siglo XII, en Provenza.

 

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